2010 se inicia con una novedad: por primera vez en la era K, las instituciones pusieron serios límites a un gobierno que, por buscar el poder absoluto, se está quedando hasta sin poder relativo.
Por Carlos Salvador La Rosa
Más allá del culebrón veraniego en que devino el affaire del Banco Central, las primeras conclusiones políticas de fondo que pueden sacarse luego de sofocada la más brutal crisis institucional de la era K, son dos. Una mala y otra buena.
La primera: que el país de los argentinos inicia 2010 con un gobierno nacional profundamente debilitado por sus propias torpezas, confundido, desesperado, que -para colmo- en vez de asumir tal realidad e intentar remontarla, apuesta a profundizar sus errores del peor modo posible: pegando trompadas a tontas y a locas, cuando éstas ya han perdido casi todo su efecto.
La segunda: que frente a ello las instituciones de la República -pese a la degradación permanente a que las viene sometiendo el poder político oficial- actuaron con una racionalidad sorprendente, evitando que un kirchnerismo jugando a todo o nada -cuando no tenía nada con qué jugar- hiciera volar la gobernabilidad por los aires.
La política frente a la crisis. El gobierno no se encontró con esta crisis, ni nadie se la provocó. La inventó, fiel a la lógica política e ideológica que viene sosteniendo desde la crisis con el campo: que una fenomenal operación destituyente y golpista pretende impedirle llegar a diciembre de 2011.
En los primeros tiempos acusó a algunos pocos sectores de la conspiración pero, a medida que la misma fue perdiendo credibilidad por su inconsistencia, en vez de precisar sus alcances, Néstor Kirchner la extendió a prácticamente la totalidad de los actores políticos, económicos, mediáticos y jurídicos que no se le cuadraran.
Si Kirchner y los pocos suyos que le van quedando tuvieran razón, al menos su dignidad estaría a salvo: porque si una conspiración de todos contra ellos quiere efectivamente eyectarlos del gobierno, la lucha encontraría un sentido histórico, épico, ya que aun si la perdieran, ellos quedarían en la historia como el Yrigoyen del ‘30 o el Perón del ‘55.
Ahora, si la razón la tuvieran todos los que no piensan como ellos, la cosa sería patéticamente humillante: ya que si un transfugueta del tamaño de Redradito les armó el lío entero él solito, pondría en evidencia una debilidad intolerable dentro del Gobierno nacional.
Lamentablemente, la verdad parece ser mucho menos conspirativa pero infinitamente más cruel para los Kirchner, por eso se resisten a aceptarla. Tanto lo es que en un cálido mes de enero cuando casi todos los supuestos golpistas estaban de vacaciones, un funcionario del propio gobierno K -institucionalmente importante pero políticamente insignificante- decidió renegar del mismo mediante el armado de una previsible remake del “cobosgate”.
Pero lo peor fue que frente a la picardía del “Isidorito-Chicago boy”, el gobierno -calcando lo que ya hizo con Cobos- casi lo convierte en otro presidenciable, ante el horror de todos los opositores también presidenciables, que ya con Cobos vienen sufriendo lo suficiente como para permitir que entre al ruedo un competidor “desleal” más.
Cuando Redrado decidió resistir en el Banco Central para irse con gloria, los acusados de conspiradores estaban cada uno por su lado: El Congreso, cerrado por vacaciones. El maléfico Cobos empezaba sus vacaciones en Chile. La malvada prensa canalla, full time absorbida por el tema de Sandro. La Justicia, de feria. O sea, no había ninguno de los que luego Kirchner acusaría de provocar la crisis, ni ninguno se esperaba ni por asomo lo que iba a pasar. Con lo cual es difícil explicar una confabulación tan extraordinaria urdida ex profeso, y en conjunto, entre actores tan dispersos.
Peor aún: mientras Redrado lo toreaba y ante cada embestida el toro Néstor quedaba más herido por el inusual e improvisado torerito, la gran mayoría de sus opositores políticos estaban confundidos porque no querían apoyar a Kirchner pero tampoco a Redrado. Unos, por su pasado K; otros, porque ni por asomo querían que surgiera un nuevo Cobos. Por su lado, Cobos deseaba con toda el alma que nada de esto hubiera ocurrido ya que en absoluto lo beneficia votar a favor ni en contra de Redrado.
O sea, tampoco a nadie en la oposición le convenía lo que pasó por lo que es difícil imaginar una conspiración tan colosal y permanente como imagina Néstor Kirchner. Excepto que el conspirador sea él mismo, ya sea para justificar así la pretensión de poder absoluto (a fin de frenar a los “golpistas”) o para irse diciendo que lo echaron.
Las instituciones frente a la crisis: Lo rescatable de esta increíble telenovela de verano es que aun con un gobierno indignado con todos porque de todas las trompadas que pegaba ninguna llegaba y con una oposición compuesta por infinidad de presidenciables donde cada cual atiende su juego, la conclusión no puede ser sino positiva. No en términos políticos sino básicamente institucionales.
Es que por primera vez en muchos años las instituciones pusieron serios límites a un gobierno que, por buscar el poder absoluto, hasta se está quedando sin poder relativo.
Quizá muchos opositores actuaron con especulación electoralista, pero en lo legislativo supieron defender el papel del Congreso, que ya no es más una escribanía.
La Justicia, por su parte, demostró un equilibrio, una objetividad y una moderación asombrosas porque no se metió con los contenidos políticos en debate sino que marcó las reglas de juego institucionales dentro de las cuales se debe librar la discusión (esas reglas que el kirchnerismo venía limando sistemáticamente, incluso usando a un Congreso dócil para ello).
Ni siquiera el peronismo se inmiscuyó mucho en el asunto, demostrando implícitamente que la locura de este mes es invención exclusiva del matrimonio gobernante.
Incluso, la fugaz popularidad de Redrado se debe a que tuvo la inteligencia de apoyarse en una institución a la que los Kirchner no desprecian por “neoliberal” sino cuando se les demuestra que puede ponerles límites.
Por lo tanto, no sólo porque no hubo ninguna conspiración sino también porque las instituciones parecen recuperarse de los vejámenes sometidos, es que la gobernabilidad en la Argentina se mantiene, pese a todo lo que sigue haciendo el gobierno en contra de ella (y por ende, en contra de sí mismo).
En conclusión: si los Kirchner entienden y aceptan que la realidad política cambió sustancialmente, ellos podrán concluir su período en paz, evitando así seguir sufriendo lo que después de Redrado será más y más frecuente: que cualquier amateur quiera probar su fuerza, desafiándolos. Algo cada día más fácil por su debilidad manifiesta y cada día más conveniente por su impopularidad creciente.
Porque, conviene decirlo, tan malo como unos Kirchner superpoderosos son unos Kirchner superdebilitados. Peor aún son unos Kirchner que aun superdebilitados continúen actuando como si siguieran siendo superpoderosos, que es lo que ocurrió este mes.
Por ende, si persisten en esa conducta, los únicos destituyentes serán los propios Kirchner, pero su actitud no nos conducirá al golpismo sino a la anarquía, la cual en este país siempre se encuentra al borde de la esquina. Los Andes




